Aprendamos a podar la hiedra digital

Al principio era solo una pequeña ramita. Un mensaje al día, un correo esporádico, una consulta rápida en el buscador y allá, de vez en cuando, la exploración inquietante de alguna aplicación. Como una hiedra tierna e inofensiva que comienza a trepar tranquilamente el muro del jardín, trayendo alegría e incluso cierto bienestar. Traía respuestas inmediatas, atajos, conexión con personas lejanas. ¿Quién podría negarse a algo así?

María, como muchos de nosotros, la dejó entrar. Era docente y madre, siempre estaba ocupada resolviendo cosas de la vida cotidiana. ¿Cómo resistirse al uso de la tecnología, si gracias a esta podía agilizar sus actividades? Poco a poco pasó de una simple libreta para tomar notas a la agenda digital, de contactos personales a una infinidad de grupos en WhatsApp, algunos de la escuela donde trabaja, otros de la familia y el resto, para recibir noticias vecinales. Ya no lleva un montón de hojas o libretas a casa para revisar tareas, ahora lo hace a través de la plataforma institucional, y para qué ir al banco si ya puede hacer transferencias desde la banca móvil con tan solo dar un clic.  Todo cabe en la palma de su mano. Y si cabe, ¿por qué no usarlo?

Con el transcurrir del tiempo, la ramita se volvió tallo, y el tallo se ramificó. La hiedra comenzó a trepar más allá del muro del jardín. Una aplicación más. Una red social nueva. Un grupo de trabajo que respondía mensajes a las 11 de la noche. María ahora duerme con el celular en la almohada, por si “algo urgente” surge. Cada semáforo es testigo de cómo María toma el teléfono para revisar nuevas notificaciones. Su corazón palpita cuando no hay conexión, como si su vida dependiera de un aparato para poder respirar.

Sin darse cuenta, la hiedra ha invadido cada rincón de su casa.

La hiedra es tan invasiva que no le permite ver ni escuchar a los que están a su alrededor. Su familia también está sufriendo los efectos de la hiedra. A la hora de la comida no hay palabras, solo miradas fijas en sus respectivas pantallas. Las conversaciones comenzaron a llenarse de “¿qué dijiste?” y “ahorita te escucho”.

Una tarde, mientras María retroalimenta tareas en línea desde el celular, su hija, la más pequeña, está a su lado pintando sobre una hoja, después de varios minutos, la niña le muestra un dibujo.  

—Mira, mami. Dibujé nuestra casa, pero le puse plantas por todas partes. Es que ahora ya no salimos a jugar. Entonces crecen solas.

María tomó la hoja y sonrió. Pero al mirar con atención el dibujo, notó que las plantas eran hiedras, muy largas, espesas y tapaban todo, las ventanas, las puertas, pero también cubrían los relojes, los sillones y las mesas. Era tan espesa que dificultaba la visibilidad. En medio del jardín, había una pequeña figura sentada sola, mirando una pantalla.

Esa noche, algo hizo clic en María, sintió como un golpe en la nuca, algo le dijo – tienes que parar.

Por primera vez en meses, apagó el celular a las ocho de la noche. No lo puso en silencio ni en vibrador, simplemente, lo apagó. Jugó un juego de mesa con sus hijos. Acostó a la más pequeña y le leyó un cuento. Después de que la niña se quedó dormida, fue a su sillón favorito, tomó un libro y comenzó a leer, a disfrutar del silencio, al principio era incómodo, pero poco a poco se convirtió en un abrazo reparador. No se transformó en enemiga de la tecnología — pues seguía creyendo en sus beneficios—, pero por primera vez vio los bordes borrosos entre el uso y el abuso.

Desde entonces, María decidió podar su hiedra digital. Administró sus tiempos frente a la pantalla. Sacó el celular del cuarto. Retomó los paseos sin GPS. Aprendió a decir: “después te respondo”. Gradualmente recuperó el tiempo lento. No siempre lo logra, claro. La hiedra es terca, insiste. Pero ahora, ella también aprendió a resistir.

Porque si no cultivamos conciencia, la hiedra no solo sube las paredes. Entra en la mente, cubre el alma y ahoga el presente. Y María decidió, finalmente, volver a mirar con los ojos y no con la pantalla.

Por Carmen Benavides, Directora de Contenidos Trainn, mx.

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