La indiferencia: El motor que está moviendo al mundo.

Qué difícil se está poniendo el mundo, quizás siempre fue así, solo que ahora a través de las redes sociales las noticias circulan a la velocidad de la luz, los desastres nos llegan en tiempo real, las tendencias políticas con confrontar con una nueva realidad y las injusticias se reproducen como virus en internet.

Sin embargo, nunca habíamos estado tan desconectados emocionalmente del dolor ajeno, de las infamias que se cometen a diario en las organizaciones, de la crisis ambiental, de la pobreza, de los engaños y bajezas en la política, de la guerra, incluso de nuestros vecinos y familiares. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Qué está pasando? ¿Por qué parece que, colectivamente, hemos activado el “modo avión” emocional?

Nos estamos convirtiendo en una sociedad indiferente y, al parecer, ni siquiera nos damos cuenta o fingimos que no pasa nada. La indiferencia no es simple frialdad, apatía o distanciamiento emocional. Es un escudo que muchas personas levantan para protegerse del exceso de estímulos, del dolor, de la impotencia o de la desilusión. Lo lamentable es que la indiferencia es una forma de renunciar a nuestra responsabilidad colectiva, nos justificamos diciendo: «no es mi problema», «yo no puedo hacer nada», «ya no me sorprende nada». El problema es que este escudo, cuando se convierte en costumbre, nos deshumaniza.

La indiferencia se convierte no solo en una actitud o mecanismo de defensa, sino que, además, con el paso del tiempo se transforma en un constructo social y cultural, es decir, estandarizamos este comportamiento y los transmitimos a las nuevas generaciones.

La actitud de la indiferencia no solo afecta al mundo: nos afecta a nosotros, en lo más íntimo. Las consecuencias tienen efectos negativos que se extienden por todos los rincones de nuestra vida:

  1. Sociales: Normalizamos la desigualdad y todo lo que conlleva, como la violencia, la exclusión, el racismo, la corrupción, la impunidad y la injusticia, porque ya no nos afectan como deberían. Pensamos que mientras no nos toque a nosotros todo está bien.
  2. Ambientales: Somos testigos del cambio climático y aunque sabemos que el planeta está en crisis, seguimos con prácticas destructivas, compramos y desechamos afectando gravemente al medio ambiente, porque “total, para eso está el gobierno, yo solo soy uno”.
  3. Humanas: Qué ironía, vivimos la era de la hiperconexión y estamos más desconectados que nunca, las relaciones se enfrían, el compromiso se ve como un valor pasado de moda, la empatía se vuelve escasa, y dejamos de mirar a los ojos o preguntar cómo está el otro, con verdadera intención de escuchar la respuesta.
  4. Laborales: Se ha ido perdiendo gradualmente la pasión, el compromiso y el sentido de pertenencia. Hacemos estrictamente lo que nos corresponde, actuamos en función de las necesidades personales, y nos convertimos en engranes funcionales, pero vacíos.

La solución no está en culpar a los demás ni en victimizarnos, porque de esta forma no aprendemos. La salida está en recuperar la capacidad de conmovernos y condolernos. De actuar desde nuestra trinchera. Pensar que, lo que hoy viven algunas personas, nos pudiera estar pasando el día de mañana. De abrir la puerta al otro, de hablar con un desconocido, de ayudar, aunque sea en pequeño. De aportar no solo desde lo económico, sino desde lo moral, emocional y ético. La verdadera revolución no será viral ni masiva: será íntima, cotidiana, valiente.

Lo contrario al amor es la indiferencia. Pero aún estamos a tiempo de apagar el «modo avión» y reconectarnos con nosotros, con los demás y con la vida misma. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado.


Por Carmen Benavides, Directora de Contenidos, Trainn, mx.

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