La sandalia incómoda.

Actualmente, existen muchas organizaciones que tienen un buen posicionamiento en el mercado, con prestigio y solidez aparente de sus estructuras, sin embargo, no todo lo que brilla es oro, muchas veces lo que luce maravilloso en la superficie puede convertirse en una fuente de constante desgaste para los colaboradores. Este fenómeno lo podemos comprender mejor desde una antigua metáfora que resulta interesante: la historia de Casio y la sandalia incómoda.

La historia nos cuenta que Casio, un senador romano respetado y admirado por su integridad e inteligencia, fue severamente criticado cuando decidió divorciarse de la mujer considerada la más bella de Roma. Para la opinión pública, la decisión era incomprensible: desde fuera, su matrimonio parecía perfecto, una bella esposa, un hermoso hijo y una situación económica favorable. Frente a los juicios, Casio no ofreció explicaciones elaboradas. Simplemente se quitó la sandalia y se la entregó a quien decía ser su mejor amigo. El hombre la observó y cuidadosamente la tocó, afirmó que estaba hecha del material más fino, elegante y resistente. Casio entonces respondió con una frase que encierra el sentido completo de la metáfora: “Todo eso es cierto; ahora dime, ¿en qué parte me lastima?”

La enseñanza es clara y profundamente humana: no todo lo que se ve bien es cómodo de vivir. La forma puede ser impecable, pero solo quien camina con la sandalia puesta conoce el punto exacto donde aprieta y lastima. Si extrapolamos esta idea al ámbito organizacional podemos comprender por qué tantas organizaciones aparentemente exitosas presentan altos niveles de desgaste interno, desmotivación y desconexión.

En el mundo de los negocios, la “sandalia incómoda” suele adoptar la forma de procesos bien diseñados en el papel, estructuras avaladas por expertos, sistemas costosos o culturas que presumen altos estándares. Desde fuera, todo parece estar de maravilla. Sin embargo, para quienes trabajan dentro, estas mismas dinámicas se viven como fricciones constantes: trámites innecesarios, sistemas que fallan de manera recurrente, reuniones interminables, roles poco claros, urgencias permanentes o estilos de liderazgo que controlan más de lo que acompañan. Ninguno de estos elementos es, por sí solo, una crisis. De hecho, en cualquier tipo de organización esto puede suceder, en realidad, el problema es su repetición diaria y sostenida. Uno de los errores mas comunes de las organizaciones es confundir un gran diseño con una buena experiencia. Regularmente, la alta dirección piensa que, si algo fue cuidadosamente planeado o ha funcionado durante muchos años, simplemente no puede ser el origen del malestar y desgaste. Esta lógica ignora que los sistemas no solo deben evaluarse por sus resultados, sino por la manera en que son vividos por las personas que los sostienen.

Las disfunciones organizacionales no surgen por la falta de capacidad o de intención, sino porque los sistemas dejan de observarse así mismos. En tiempos de competitividad la atención se concentra en indicadores, metas y resultados, mientras se ignora la experiencia cotidiana. El sistema “funciona”, pero al mismo tiempo desgasta. Y como ese desgaste no siempre es visible ni inmediato, se normaliza.

El verdadero riesgo no está en la incertidumbre ni en las grandes crisis, sino en las pequeñas molestias acumuladas en el quehacer cotidiano. Son estas las que erosionan el compromiso, la motivación y el sentido de pertenencia. Una organización puede resistir momentos difíciles, cambios drásticos o retos complejos; lo que suele quebrarla lentamente es la suma de incomodidades que nadie considera lo suficientemente importantes como para ser atendidas.

Tampoco se trata de eliminar la exigencia ni de buscar una comodidad artificial. El trabajo en la organización implica esfuerzo, compromiso, responsabilidad y remar todos en el mismo sentido. La diferencia clave está en distinguir entre una exigencia que aporta valor y una fricción innecesaria que solo consume energía. Resolver la “sandalia incómoda” implica aprender a escuchar la experiencia cotidiana de los colaboradores, no solo sus resultados.

La grandeza de una organización radica no solo en su posicionamiento y éxito en el mercado, sino de tener la humildad para preguntar dónde aprieta el sistema. Supone reconocer que algo puede ser técnicamente correcto y, al mismo tiempo, humanamente insostenible. Implica revisar procesos desde la vivencia real, eliminar burocracia inútil, clarificar roles, reducir interferencias innecesarias y diseñar sistemas que funcionen no solo en teoría, sino en la práctica diaria. La metáfora de Casio nos recuerda que no todo lo valioso es visible desde fuera. El éxito de una organización radica en la capacidad de aprender y quitarse las sandalias para observarlas con apertura y honestidad y preguntar dónde están lastimando a quienes caminan con ellas todos los días. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado. Contáctanos.

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