La caída de Ícaro: Cuando no escuchamos al que sabe.
Hay historias que sobreviven al paso del tiempo, porque, más allá del mito, nos devuelven un espejo. Una de ellas es la de “Ícaro”. Cuenta la leyenda que en la antigua Creta vivía Dédalo, un inventor muy ingenioso, él había construido para el rey Minos un enorme laberinto destinado a encerrar al temible Minotauro, una criatura mitad hombre y mitad toro. Con el paso del tiempo, Dédalo ayudó a Teseo, un joven héroe, a vencer al monstruo. Cuando el rey descubrió la traición se enojó y mandó encerrar a Dédalo y a su hijo Ícaro dentro del mismo laberinto que él había construido.
Dédalo inmediatamente buscó soluciones para salir de ese lugar y empezó a diseñar unas alas de plumas y cera, tanto para él como para su amado hijo Ícaro. Antes de volar, le dio a Ícaro un consejo lleno de sabiduría: “Vuela a una altura media, hijo. Si vuelas demasiado bajo, el mar mojará tus alas; pero si te acercas mucho al sol, el calor derretirá la cera.” Al principio, ambos volaron con precaución, pero después Ícaro deslumbrado por la emoción del vuelo, comenzó a elevarse cada vez más. Quería llegar más alto, sentir el poder del sol y la libertad absoluta. Pero pronto el calor derritió la cera que sostenía sus alas. Las plumas se desprendieron, y aunque trató de mantenerse en el aire, cayó al mar y murió.
El mito de Ícaro nos regala una enorme lección acerca de la importancia de escuchar la voz de la experiencia. Todos tenemos un Dédalo en la vida: Un padre, una madre, un hermano, un amigo o un líder que, con sus conocimientos, sabiduría y amor, intenta advertirnos sobre los riesgos de nuestras decisiones. Cuando somos jóvenes queremos comernos el mundo de un solo bocado, la euforia y las ganas por descubrir tantas cosas, hacen que muchas veces ignoremos lo que “Dédalo” nos dice, porque creemos que ya lo sabemos todo y que no hay poder humano que pueda frenar el orgullo de hacer lo que nos plazca.
Escuchar no siempre resulta atractivo; la prudencia rara vez es noticia. Sin embargo, en la historia de Ícaro, la tragedia no está en volar, sino en no escuchar.
En todas las organizaciones sucede algo similar. Existen Dédalos que con experiencia, amor y sabiduría nos advierten de los peligros que se encuentran en el entorno, pero, al igual que Ícaro, en el silencio de la soberbia ignoramos esas voces y cometemos errores que nos pueden costar muy caro.
Escuchar al experto, al sabio o al que conoce más que uno en algún rubro de la vida personal o profesional no es un signo de debilidad, sino de inteligencia emocional. Quien sabe oír, aprende a anticipar errores, a corregir el rumbo y a reconocer que nadie triunfa solo. Los verdaderos líderes —en las empresas, en la política o en la vida— no son los que creen tener todas las respuestas, sino los que se rodean de voces diversas y las toman en serio.
En un mundo donde se premia la velocidad, la inmediatez y la opinión, escuchar se ha convertido en un acto de rebeldía. Casi todo el tiempo hablamos, pero muy pocas veces nos detenemos a pensar y reflexionar acerca de nuestras decisiones. Dédalo representa esa sabiduría serena que advierte con amor, mientras Ícaro simboliza la impaciencia del ego que no quiere esperar ni aprender.
En la vida, como en las organizaciones, hay advertencias que llegan en voz baja: el consejo de un maestro, la mirada de un padre, el silencio incómodo de un equipo. Si las ignoramos, corremos el riesgo de repetir la historia. Quizá la verdadera madurez no está en volar más alto, sino en aprender a oír a quienes nos enseñan a no caer. Recuerda, la sabiduría no necesita gritar, porque un simple susurro nos puede hacer volar sin que el sol derrita nuestras alas.
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