Desde que somos pequeños, nuestros padres nos enseñan que debemos conducirnos con la verdad, nos dicen que mentir no está bien y que tenemos que comportarnos de acuerdo con nuestros valores. En la vida cotidiana solemos asociar la responsabilidad con las acciones que realizamos. Sin embargo, la otra cara de la moneda nos muestra que, lo que no hacemos o dejamos de hacer también puede tener consecuencias iguales o incluso más profundas y devastadoras. Los actos de omisión, es decir, aquellas decisiones de no hablar, no actuar, no intervenir o no ayudar, tienen un peso silencioso, pero determinante en la estructura social.
La omisión tiene implicaciones importantes en distintos rubros de nuestra existencia. Desde una perspectiva general, un acto de omisión “es la ausencia de una acción esperada, necesaria o moralmente obligatoria”. La omisión a veces es consecuencia de un olvido involuntario, en otros casos, puede tratarse de una decisión consciente de no actuar, o incluso una negligencia sistemática.
En materia legal existen sanciones por actos de omisión de ciudadanos que no asisten a personas en estado de riesgo. Pero también existen omisiones sociales y morales, por ejemplo, cuando no denunciamos una injusticia o cuando nos quedamos callados ante el abuso. En la política, un buen número de ciudadanos no manifiestan inconformidad frente a los actos de corrupción de algunos los servidores públicos. Desafortunadamente, hemos normalizado la omisión, porque creemos que es mejor no meternos en problemas, aunque eso signifique no ser justo.
Los actos de omisión son particularmente problemáticos en lo social porque muchas veces se confunden con neutralidad o prudencia. Pero no intervenir también es una forma de influir. En contextos de violencia, exclusión o corrupción, el silencio y la inacción pueden legitimar estructuras injustas. La famosa frase atribuida a Edmund Burke, “Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”, resume esta idea de forma contundente.
Estamos equivocados si pensamos que la omisión es neutral, simplemente no puede serlo, porque contribuye a la perpetuación de dinámicas de poder, exclusión o discriminación. En el contexto social, las omisiones reiteradas crean climas de indiferencia, fragmentación social y desconfianza colectiva.
Algunas causas comunes de omisión son el miedo al conflicto o represalias, indiferencia o apatía, falta de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y en algunos casos, son las mismas autoridades las que desincentivan la acción individual.
Es bueno recordar que la omisión se refleja cuando no intervenimos en casos de acoso laboral o escolar, cuando no ayudamos a personas en situación de calle, cuando no escuchamos activamente a quienes sufren algún tipo de violencia y por si no lo sabias, no votar o participar en procesos democráticos bajo la excusa de “no sirve para nada” es un acto de omisión que compromete el bienestar de los demás.
Los actos de omisión plantean un dilema ético: ¿somos responsables solo de lo que hacemos o también de lo que dejamos de hacer? Si lo vemos en perspectiva comprenderemos que la omisión tiene un efecto dominó. No ayudar, no hablar, no señalar, puede dejar en desventaja a otros, afectar decisiones colectivas y deshumanizar nuestras relaciones.
Además, cuando la omisión se convierte en hábito social, se genera una cultura de silencio, miedo o complicidad. Se normalizan comportamientos abusivos o negligentes, y con el tiempo, la omisión se convierte en una forma estructural de violencia. Romper con la lógica de la omisión significa que todos somos parte del cambio, no solo desde nuestras acciones visibles, sino también desde lo que decidimos no ignorar. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado.
Por Carmen Benavides, Directora de Contenidos, Trainn Mx.
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