El privilegio de pensar.
El 9 de junio del 2011 la ONU declaró el acceso libre a internet como un derecho humano y, aunque existe una brecha importante entre las personas que contamos con internet y aquellas que no lo tienen, lo cierto es que, se hace evidente el creciente uso de este en todos los rubros de nuestra existencia.
En una época en la que impera un ruido permanente a través de interminables notificaciones, noticias, opiniones y tendencias que cambian de la noche a la mañana – “detenernos a pensar”- se ha convertido en un verdadero privilegio. No porque falte información, sino por que sobra. Frente a la infoxicación del siglo XXI se nos escapa la posibilidad de procesar dicha información de forma reflexiva, critica, honesta y consciente.
Somos testigos de grandes conflictos globales que surgen de la noche a la mañana, transformaciones políticas de emergen en un pestañeo, avances tecnológicos que rebasan nuestra comprensión y, sobre todo, un clima social que mezcla indignación instantánea con olvido inmediato. Nunca habíamos tenido tanto acceso al mundo… y tan poco dominio sobre lo que ese mundo provoca dentro de nosotros.
Las redes sociales son como el monstruo de las dos cabezas, una nos muestra en segundos todo lo que esta sucediendo en el mundo: guerras, crisis migratorias, cambios climáticos sin precedentes, escándalos políticos, tensiones sociales, pobreza extrema, grupos de poder, modas fugaces y un sinfín de acontecimientos que nos mantienen absortos, en tanto que, la otra cara nos revela la nula o poca capacidad para comprender, analizar e inferir todo aquello que vemos y escuchamos a través de fragmentos que llaman nuestra atención como titulares amarillistas, frases aisladas, memes y clips editados para provocar emociones rápidas.
Ese consumo instantáneo alimenta una reacción automática: nos molesta, nos indigna, nos entusiasma o nos divide. Lo que no hace —a menos que lo decidamos conscientemente— es invitarnos a pensar.
Pensar críticamente exige detener la velocidad del mundo para permitir que algo suceda dentro de nosotros: analizar lo que escuchamos, cuestionar lo que vemos, contrastar fuentes de información, identificar sesgos, preguntarnos por qué reaccionamos como reaccionamos. En una época que premia la inmediatez, esta pausa suele juzgarse como una pérdida de tiempo. Pero es justo lo contrario: es un acto de libertad, significa darnos permiso para no dejarnos llevar por una tormenta de información que no nos quiere pensantes, al contrario, busca confundirnos y mantenernos presos de creencias, opiniones y acciones que no son lo que parece.
Aprender a pensar críticamente ya no es un lujo, es una responsabilidad personal. Cuando renunciamos a pensar, alguien más piensa por nosotros. Lo triste es que, cuando un tercero actúa por nosotros lo hace desde la manipulación y sus intereses personales. A través de los algoritmos, las redes sociales deciden lo que vemos, lo que sentimos y hasta lo que deberíamos de tener en nuestra vida. Los políticos, artistas, los influencers y los grupos de poder capitalizan las emociones para adquirir o incrementar su poder.
Pensar críticamente significa mantener resistencia frente a todo lo que nos quieren hacer creer. Es decirle al mundo: no voy a caer en tu narrativa sin antes analizarla, comprenderla y obtener mis propias conclusiones.
Sin duda, una de las mayores conquistas de nuestros tiempos es que las redes sociales abrieron puertas que jamás imaginamos. Nos conectaron con realidades distintas, ideas nuevas, culturas lejanas y voces antes invisibles. Pero también trajo un efecto colateral: la saturación.
Cualquier información se viraliza sin evidencias ni contexto y es cuando el cerebro se defiende apagando su capacidad crítica, porque filtrar todo es imposible, sin embargo, tenemos que recuperar el hábito de seleccionar, priorizar y profundizar. No todo merece nuestra atención. No todo merece nuestra reacción. Pero muchas cosas sí merecen nuestro pensamiento. Pensar nos obliga a confrontar nuestras creencias, reconocer contradicciones y aceptar que podemos estar equivocados.
Actuemos en solitario, sin la influencia de las redes sociales, porque solo así tendremos el privilegio de ver lo que otros no pueden hacer, de cuestionar y decidir desde la responsabilidad personal. Dudemos, leamos entre líneas, busquemos diversas fuentes de información, gestionemos las emociones, aceptemos matices y generemos espacios de silencio. Recuperemos el privilegio de pensar. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado. Contáctanos.

