“Tres historias que exponen la nueva miseria humana”
Alicia es actriz de teatro, tiene 40 años y su vida transcurre entre ensayos, camerinos, hoteles y comidas rápidas. Han sido muchos años de esfuerzo y sacrificios, pero al fin, están rindiendo frutos. Alicia, ha sido nominada para una importante premiación, sin embargo, es probable que no pueda asistir a la entrega, pues su salud se ha visto deteriorada gradualmente. Duerme poco, come mal y casi no descansa. Su carácter ha cambiado y, a pesar de ser una mujer joven no ha tenido tiempo para construir una relación seria. Viaja mucho y se ha perdido de disfrutar algunas navidades con su familia. Su lema es: “El éxito no duerme”.
José es un hombre emprendedor, desde joven puso todos sus ahorros, intelecto y creatividad en proyectos empresariales. El día de hoy es uno de los 100 hombres más influyentes de su país y es inspiración para muchos niños y jóvenes que desean seguir sus pasos. José ha sido diagnosticado con el síndrome de intestino irritable y aunque tiene unos kilos de más, es difícil que pueda seguir un plan alimenticio propicio para bajar los niveles de colesterol, casi no tiene tiempo para hacer ejercicio. Es un hombre tan ocupado que desde hace 10 años no ha tomado vacaciones. Su lema es “Quien se detiene, pierde”.
Cayetana es madre soltera, tiene un hijo de 10 años. Cada mañana se levanta muy temprano para preparar el desayuno y, junto con su pequeño, salen corriendo para llegar a tiempo a la escuela y enseguida ella toma rumbo al trabajo. Por las tardes se repite el ritual: Pasar por el niño a la escuela, llegar a comer, preparar la mochila para llevarlo a su curso de natación, regresar a casa y conectarse para atender algunos pendientes, ir por el niño, llegar a preparar la cena, revisar las tareas, enviar al niño a la cama, atender algunos correos y casi de madrugada, ir a la cama para descansar un rato. Los fines de semana están destinados para hacer los quehaceres del hogar y comprar la despensa. Algunas amigas han aconsejado a Cayetana y le dicen que su vida sería más relajada si decidiera pedir la comida en la cocina económica de la esquina de su casa.
Que se dé permiso para descansar los domingos y, con ello, aprovechar para salir a pasear con su hijo o por lo menos, que se tumben en el sofá para leer o ver películas y comer palomitas, pero ella responde: “No vine a este mundo a descansar”.
Tres casos, el mismo mal: “Pobreza del tiempo. Como sociedad del siglo XXI hemos caído en la trampa, poco a poco nos estamos haciendo más pobres, y no me refiero a una pobreza de orden económico, sino a la pobreza invisible del tiempo.
Hoy vivimos una forma de miseria que no aparece en las estadísticas tradicionales, pero se siente en los cuerpos agotados, en la mente saturada y en la incapacidad de detenerse incluso cuando nada urge. La llamamos “pobreza de tiempo”, y no es un concepto motivacional de redes sociales ni un reclamo moderno para justificar agendas llenas.
La pobreza del tiempo es un término que surgió a finales de los años 70s y que se refiere al lamentable hecho de no tener horas reales para vivir. Nos repetimos constantemente “no tengo tiempo” como si se tratara de un mantra inevitable, cuando ni siquiera nos detenemos a reflexionar acerca de lo que estamos haciendo con nuestro tiempo. Estamos viviendo al borde del colapso físico, emocional y espiritual.
Cada día “elegimos” llegar antes al trabajo para avanzar con los pendientes, salimos muy tarde, contestamos rápido y nos convertimos en esclavos del “si puedo”. Los fines de semana respondemos correos, convocamos a reuniones y si tenemos un tiempo libre, lo ocupamos en todo, menos en descansar. Llenamos nuestros días de tareas inútiles y siempre estamos corriendo sin hacer lo suficiente. Nos autoengañamos y no ponemos limites, tenemos miedo de decepcionar, de no ser tomados en cuenta.
La pobreza de tiempo, además de ser estructural, también es psicológica y autoprovocada. Postergamos conversaciones profundas, construimos relaciones que se sostienen con migajas de atención, decisiones importantes archivadas en la eterna “próxima semana”. Estamos diluyendo el tiempo no por falta de horas al día, sino por una absoluta falta de criterio y falta de valentía para actuar con intención.
El tiempo es un recurso no renovable y lo estamos dejando ir como si se tratara de algo sin valor. Existimos, pero hemos dejado de “vivir”. Sacrificamos nuestro tiempo de descanso, no disfrutamos la comida, no dormimos bien y postergamos el cuidado de nuestra salud.
Dejemos de romantizar la prisa, porque la pobreza del tiempo no es un destino inevitable, es una decisión personal y recuperarlo depende de cada uno de nosotros. Si no administramos nuestro tiempo, alguien lo hará por nosotros. Recuerda: La nueva miseria no está en los bolsillos. Está en las horas que dejamos ir. No hay pretexto, el día cuenta con 24 horas: 8 horas para dormir, 8 horas para trabajar y 8 para satisfacer nuestras necesidades básicas y de descanso. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado. Contáctanos.
Por Carmen Benavides, Directora de contenidos, Train MX.

