Algo se está rompiendo y fingimos que no pasa nada.
Vivimos tiempos difíciles y en nuestro país las señales de descomposición social están por todas partes. La violencia y la inseguridad se están convirtiendo en protagonistas implacables en nuestro día a día, sin embargo, la fractura es mas profunda de lo que imaginamos, porque se están debilitando los lazos que nos unen como sociedad.
La descomposición social no solo se traduce mediante la violencia e inseguridad, también se pone de manifiesto a través de la apatía, la indiferencia ante el dolor ajeno, la normalización de la corrupción y en el creciente aislamiento de las personas. Reflexionar sobre este fenómeno es una necesidad vital para entender en qué punto estamos y hacia dónde queremos ir como sociedad.
Ninguna descomposición ocurre de la noche a la mañana, tuvieron que pasar muchas cosas para que eso sucediera. La descomposición social es el resultado de imperceptibles rupturas cotidianas que se van acumulando, por ejemplo, cuando dejamos de saludar a la gente que nos rodea, cuando justificamos la injusticia porque somos fieles seguidores de un partido político, cuando no nos importan los ataques a otras personas, al final, ni las conocemos. Son gestos mínimos que, al multiplicarse, erosionan el tejido social. Y cuando ese tejido se debilita, se resiente todo: la familia, la educación, el trabajo, la política y la convivencia misma.
En el ámbito familiar, la descomposición se manifiesta en la falta de tiempo compartido, en las mentiras, la poca o nula comunicación o en la ausencia emocional de los padres o los hijos. En la escuela, se refleja en la falta de respeto hacia los demás, en el bullying y la desmotivación por aprender. La descomposición también puede estar presente en el ámbito laboral a través de prácticas como la competencia desleal, el hostigamiento, el individualismo y la falta de sentido de pertenencia. Y en la esfera pública, se traduce en violencia, mentiras y pretextos por parte de quienes nos gobiernan, la corrupción, el compadrazgo, el nepotismo, la falta de preparación de quienes ejercen cargos públicos, la desconfianza hacia las instituciones y prácticas al margen de la ley.
Reflexionar sobre el impacto de la descomposición social no significa rendirse o vivir con la carga del pesimismo. Al contrario, implica detenernos a mirar con claridad y honestidad y preguntarnos qué parte jugamos en este proceso. Cada uno, desde su trinchera, tiene una responsabilidad. La descomposición social es un asunto de todos, y se combate con acciones pequeñas pero consistentes: regresar lo que no es nuestro, conceder el paso a los peatones, respetar los señalamientos viales, escuchar antes de juzgar, ayudar sin esperar recompensa alguna, participar en lo que sucede en nuestra colonia, salir a votar de manera consciente, educar con el ejemplo, dialogar, dejar de pensar que el otro es malo solo porque piensa distinto. Necesitamos reconstruir puentes y dejar de construir muros que solo nos afectan a nivel personal y social.
Es momento de reconocer que esta descomposición social también tiene raíces estructurales. La desigualdad, el raquítico sistema educativo y de salud, la inseguridad, la falta de oportunidades, la corrupción sistémica y la impunidad son factores que minan la confianza social. Pero, aunque estas problemáticas parezcan enormes, su cambio empieza por cada uno de nosotros: en nuestra relación con los demás, en la familia, en las comunidades. No hay transformación social posible sin una transformación personal.
El primer paso para frenar la descomposición social es detenernos a pensar en cómo vivimos, cómo nos relacionamos y qué valores estamos transmitiendo a nuestros niños y jóvenes. La queja es una limitante que no nos deja crecer, no basta con señalar culpables; necesitamos mirarnos con autocrítica y recuperar la capacidad de indignarnos ante las cosas malas que están pasando en nuestro país y empezar a construir esperanza desde lo cotidiano.
La descomposición social se puede revertir desde lo humano, a partir de la conciencia, la solidaridad y el compromiso con los demás. Reflexionar no es quedarse quieto; es despertar. Una sociedad no se reconstruye sola, cada uno de nosotros puede poner su granito de arena y ser testigos de un cambio real y positivo para todos. Si quieres conocer más acerca del tema comunícate con nosotros, tenemos cursos y talleres para ayudarte a crecer y posicionarte en el mercado. Contáctanos.
Por Carmen Benavides, Directora de contenidos, Train MX

